En una reciente entrada hablé de los olvidos. Hoy, paseando como todos los días por las calles del Marítimo, para impregnarme de su luz, contemplo detalles que me traen a la cabeza las frecuentes ocasiones con que nuestros políticos se escudan en el silencio. Cuando no les interesa abordar determinados temas, se refugian en el silencio o tirando balones fuera, que es una forma, a mi juicio más cínica de guardar silencio. Con la misma estrategia, no se avienen a hablar con colectivos ciudadanos, ni contestan a las peticiones que les puedan hacer por escrito. Y, de ese modo, refugiándose en el silencio, ni se comprometen, ni dan su brazo a torcer.
No voy a ser yo quien discuta de la importancia del silencio en la contemplación de un paisaje o de un cuadro. Ni de la elocuencia del silencio entre enamorados.
Pero me rebelo ante el silencio de nuestros dirigentes para continuar actuando de espaldas a la ciudadanía. Creo que ya es hora de proclamar, cabreados, ¡Basta ya! ante esa manera de gobernar.
El recientemente fallecido Stephane Hessel nos dejó muchos testimonios importantes para la convivencia y, entre ellos, el del grito de ¡Indignaos! Pues eso, indignémonos y abandonemos nuestro silencio para protestar.
Hay muchas maneras de hacerlo. Que cada uno elija la que más sea de su gusto, pero gritemos que ya estamos hartos de que nos tomen por imbéciles.
En muchas ocasiones, el silencio es tan elocuente que nos permite aprender, comprender, disfrutar o desechar lo que estamos viendo, oyendo o analizando.
ResponderEliminarEs difícil que el silencio sea mudo, como también es difícil, en muchas ocasiones, que las palabras digan algo.